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Mensaje del Santo Padre Francisco para la 52ª Jornada Mundial de la Paz

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Càritas Catalunya, 2 de enero de 2019. Ayer se celebró la 52ª Jornada Mundial de la Paz. En toda Cataluña y en otros lugares del mundo se rogó por la paz y por el cese de las guerras y conflictos que asolan muchos pueblos de la Tierra, teniendo un recuerdo muy especial para todas las personas que las sufren, muchas de las cuales se han visto obligadas a huir, y actualmente viven en campos de refugiados.

 

El papa Francisco nos envía su mensaje:

 

«La buena política está al servicio de la paz»

 1. “Paz en esta casa”

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, lo primero:” Paz a esta casa “. Si allí hay alguien que es digno, la paz reposará sobre él; si no, volverá a vosotros »(Lc 10,5-6).

 

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana [1]. La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra «casa común»: el planeta en que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

 

Por lo tanto, éste es también mi deseo al comienzo del nuevo año: «Paz en esta casa».
2. El desafío de una buena política

La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy [2]; es como una flor frágil que intenta florecer en medio de las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

 

Dice Jesús: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el papa Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles -local, regional, nacional y mundial- es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad »[3].

 

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a los que viven y de trabajar para crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.
3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

El papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis […]. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene un valor superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sostenida por la caridad, contribuye a la edificación de esta ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana »[4]. Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa, que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando las virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia , la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

 

A este respecto, vale la pena recordar las «bienaventuranzas del político», propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyen Van Thuan, fallecido en 2002, y que fue un fiel testimonio del Evangelio:
Feliz el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Feliz el político que irradia credibilidad.
Feliz el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Feliz el político que se mantiene fielmente coherente.
Feliz el político que trabaja por la unidad.
Feliz el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Feliz el político que sabe escuchar.
Feliz el político que no tiene miedo [5].
Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de manera que se puede tejer un vínculo de confianza y gratitud entre las generaciones presentes y futuras.

 

4. Los vicios de la política

En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como deformaciones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y en las acciones de las personas que se dedican. Estos vicios, que debilitan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción -en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas-, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la «razón de Estado», la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo a cuidar de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales para un beneficio inmediato, el desprecio de quienes se han visto obligados a ir al exilio.
5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa «yo confío en ti y creo contigo» en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «Hay acaso algo más bello que una mano extendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (Gn 4,1s) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede convertirse en un instrumento de diálogo »[6].

 

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación incluyen en ellos mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de este tipo nunca es fácil de realizar que las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza arraigado en el miedo del otro o del extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de cierre o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan «artesanos de la paz» que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

 

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del final de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz nunca puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y ​​el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que «la escalada» de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y en busca de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y en privar a los pobres de la esperanza. En cambio, hay que subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

 

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de manera particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y en todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre debido a la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de quienes se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.
7. Un gran proyecto de paz

Celebramos estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordemos a este respecto la observación del papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de modo que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los otros tienen el deber de reconocerlos y respetarlos »[7].

 

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se fundamenta en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y ​​es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

 

– la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y -como aconsejaba San Francisco de Sales- ejercitando «un poco de dulzura con uno mismo», para ofrecer «un poco de dulzura a los demás»;

 

– la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre …; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva en sí mismo;

 

– la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

 

La política de la paz -que conoce bien las fragilidades humanas y se hace cargo- puede recurrir siempre al espíritu del Magnificat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: « El amor llega a sus fieles de generación en generación. Las obras de su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes; […] a Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres; acordándose del amor a Abrahán y su descendencia para siempre »(Lc 1,50-55).
Vaticano, 8 de diciembre de 2018

Francisco

 

[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième virtud, París 1986.

[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 de mayo 1971), 46.

[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 de junio 2009), 7.

[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.

[6] Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benin (Cotonou, 19 de noviembre 2011).

[7] Carta enc. Pacem in terris (11 de abril 1963), 44.

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